Teoría y Técnica

Teoría y Técnica

16 feb 2016

El yo adolescente y su relación con los objetos y con el superyó


«Las más notables manifestaciones en la vida de los adolescentes están fundamentalmente vinculadas a sus relaciones con los objetos. En este terreno es donde el conflicto entre las dos tendencias opuestas se hace más transparente. La represión proveniente de la general aversión ante el instinto, toma de ordinario su punto de partida inicial en las fantasías incestuosas del período prepuberal. La desconfianza del yo y su actitud ascética dirígense en especial contra la fijación amorosa a todos los objetos infantiles. Resulta de esto que el adolescente tiende, de un lado, a aislarse, a vivir entre sus familiares como si fueran extraños. Pero no es sólo esta relación con los objetos exteriores de amor lo que suscita la innata oposición del yo a los instintos, también se extiende a la relación con la instancia del superyó. En vista que durante este período el superyó está cargado con la libido derivada de las relaciones con los padres, habrá de considerárselo como un objeto sospechoso e incestuoso y sucumbirá víctima de las consecuencias del ascetismo. El yo se retira también del superyó. El adolescente experimenta esta parcial represión del superyó, este parcial extrañamiento de sus contenidos como uno de sus más grandes trastornos. El principal efecto de la ruptura de la relación entre el yo y el superyó contribuye a aumentar el peligro que amenaza del lado de los instintos. El individuo tórnase antisocial. Antes de que dicha perturbación se hubiera producido, fueron la angustia de conciencia y el sentimiento de culpabilidad provenientes de la relación del yo con el superyó, los mejores medios del primero en su combate contra los instintos. En las etapas iniciales de la pubertad a menudo puede observarse un evidente ensayo de sobrecarga transitoria de todos los contenidos del superyó. Quizá el llamado "idealismo" de los adolescentes se aclara por este proceso.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 182 - 183.

7 feb 2016

Esfuerzos defensivos equivalentes a las fuerzas instintivas en la pubertad y en la adolescencia

 
«(...) el aumento de las exigencias instintivas produce en el individuo como efecto indirecto la intensificación de los esfuerzos defensivos que persiguen la dominación de sus instintos. Las tendencias generales del yo -apenas notables en las épocas apacibles de la vida instintiva- revélanse entonces con nitidez, y sus mecanismos, tan visibles durante el período de latencia o de la vida adulta, pueden exagerarse hasta el grado de promover una deformación morbosa del carácter.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 168 - 169.

5 ene 2016

El yo y el ello en la interfase entre latencia y pubertad


«(...) en el intervalo entre la latencia y la pubertad (...) prepárase la madurez sexual física. Hasta este momento no se ha producido en la vida instintiva ningún cambio cualitativo; únicamente se ha operado un aumento de la cantidad de energía instintiva. Este acrecentamiento no se confina a la vida sexual. El ello dispone de una mayor cantidad de libido que emplea sin discriminación con cualquier impulso a su alcance. Los impulsos agresivos suelen intensificarse hasta la crueldad sin freno; el hambre llega a ser voracidad y la maldad del período de latencia transfórmase en conducta criminal. Los intereses oral - anales, durante tanto tiempo sumergidos, retornan a la superficie. Los hábitos de limpieza, laboriosamente instalados en el período de latencia, ceden al placer de la suciedad y del desorden, y en el lugar del pudor y de la compasión, aparecen las tendencias exhibicionistas y la brutalidad y crueldad con los animales. Las formaciones reactivas, que parecían firmemente establecidas en la estructura del yo, amenazan derrumbarse. Al mismo tiempo, antiguas tendencias ya abandonadas reaparecen en la conciencia. Los deseos edipianos cúmplense bajo la forma de fantasías poco deformadas y ensueños diurnos (...). En rigor, en las fuerzas invasoras hay muy pocos elementos nuevos. La embestida no hace sino traer una vez más a la superficie el contenido ya familiar de la temprana sexualidad.

Mas la sexualidad infantil así renovada no encuentra ahora las condiciones anteriores. El yo del período infantil precoz no estaba desarrollado, era indeterminado e impresionable y plástico bajo la influencia del ello. Por el contrario, en el período prepuberal muéstrase rígido y firmemente consolidado. Ya se conoce a sí mismo y sabe qué desea. A fin de conseguir la gratificación instintiva, el yo infantil era capaz de súbita rebelión contra el mundo exterior y de aliarse con el ello; pero si el yo del adolescente lo hace, se crea intrincados conflictos con el superyó. Establece de una parte firmes relaciones con el ello y con el superyó de la otra -que es lo que denominamos carácter, lo cual torna inflexible al yo. Sólo persigue un propósito: mantener el carácter desarrollado durante el período de latencia; restaurar la antigua relación entre sus propias fuerzas y las del ello y oponerse con esfuerzos redoblados de defensa a la mayor necesidad de demandas instintivas. En su lucha por preservar su propia existencia inmutable, el yo hallábase por igual impelido por la angustia real u objetiva y por la angustia de conciencia. Emplea indistintamente todos los métodos de defensa, inclusive aquellos a los que nunca recurrió en la infancia ni durante el período de latencia. Reprime, desplaza, niega e invierte los instintos y los vuelve contra sí mismo; produce fobias y síntomas histéricos y reduce la angustia mediante el pensamiento y la conducta obsesivos.

Examinada a fondo esta lucha entre el yo y el ello por la supremacía, se observa que casi todos los fenómenos inquietantes del período prepuberal corresponden a diferentes fases de su evolución. El aumento en la actividad de la fantasía, la satisfacción sexual progenital (sic) -o sea, perversa-, la conducta agresiva y criminal, significan éxitos parciales del ello, al paso que la aparición de las diversas formas de angustia, el desarrollo de rasgos ascéticos, la acentuación de síntomas neuróticos y de inhibición, son la consecuencia de una defensa mucho más vigorosa, es decir, el éxito parcial del yo. Al alcanzarse la madurez sexual corporal y entrar en la pubertad propiamente dicha, sobrevienen los cambios cualitativos de carácter que se combinan con los de índole cuantitativa. Hasta aquí la intensificación de las cargas instintivas era de una naturaleza general indiferenciada. A partir de este momento prodúcese un cambio (...) en la (sic) que los impulsos genitales adquieren las más poderosas cargas. En la esfera psíquica esto significa que la carga de libido es retirada de los impulsos pregenitales y concentrada sobre la genitalidad, y que aparecen representaciones y fines objetivos. La genitalidad reúne mayor importancia psíquica, al paso que las tendencias pregenitales quedan relegadas al segundo plano. Primer resultado de este cambio es una aparente mejoría de la situación.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 160 - 163.

2 ene 2016

Una forma menos notoria de proyección: la renuncia altruista

 
«(...) el mecanismo de proyección no sólo produce perturbaciones en las relaciones humanas, proyectando celos y transfiriendo hacia afuera las propias agresiones: sirve también al establecimiento de importantes lazos positivos (...). A este tipo (...) menos notorio de proyección podría designárselo "renuncia altruista" de los propios impulsos instintivos en favor de los otros.

(...) este proceso defensivo tiene doble filo. No solamente asegura la benevolencia del sujeto hacia la satisfacción del prójimo, permitiendo así la autosatisfacción instintiva por vía indirecta a pesar de la prohibición del superyó, sino que, simultáneamente, libera la actividad inhibida y la agresividad que debían garantizar los deseos primitivos (...). El representante más popular de este tipo es el del bienhechor público, que con toda agresividad, activamente exige a un grupo de gente una entrega de dinero para regalárselo a otro. Quizá el ejemplo más extremo lo dé el ácrata que en nombre del oprimido ejecuta un asesinato en la persona del opresor. El objeto contra el cual se dirige la agresión liberada es, siempre, el representante de aquella autoridad que en la época infantil impuso la renuncia instintiva.

El objeto en favor del cual se renunciará al propio impulso puede ser escogido con arreglo a varios factores. Es posible que la percepción del impulso instintivo condenado en el mundo exterior sirva al yo como punto de apoyo suficiente para la proyección. (...) En la generalidad de los casos escógese como persona sustitutiva a un antiguo objeto de envidia.

(...) Es sabido que tal desistimiento (...) encuéntrase en las relaciones paterno-filiales. A través del niño -como el objeto más apropiado- los progenitores acaso deseen cumplir aquellos designios ambiciosos que no les fue dable cumplir en su propia existencia. Quizá también la relación materno-filial puramente altruista se halle determinada en forma amplia por un renunciamiento de los propios deseos en favor del objeto "mejor calificado" (...).

El estudio más hermoso y pormenorizado de un renunciamiento altruista en beneficio de un objeto más apropiado encuéntrase en el drama de Edmon Rostand, Cyrano de Bergerac

 
Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 136 - 144.

6 dic 2015

La proyección

Ilustración: Calendario

«La proyección también guarda similitud con la represión en que no se halla asociada con una particular situación de ansiedad, sino que puede motivarse por igual tanto en la angustia objetiva cuanto en la angustia ante el superyó y a la angustia instintiva. Los autores de la escuela psicoanalítica inglesa sostienen que ya en los primeros meses de vida el niño proyecta sus iniciales impulsos agresivos antes de realizar la menor represión, y que este proceso posee decisiva importancia para la representación infantil del mundo externo y para el curso del desarrollo de su personalidad.

En todo caso, el empleo de la proyección es inherente al yo del niño pequeño en la más temprana infancia. Lo utiliza para repudiar sus propios deseos y actividades que devienen peligrosos, lo cual permítele encontrar un autor responsable en el mundo exterior. Un "niño extraño", un animal, los mismos objetos inanimados, todo indistintamente, sírvele para deponer sus propias faltas. De esta manera, entregándolos liberalmente a su ambiente, el yo infantil se alivia en forma constante y normal de sus impulsos y deseos prohibidos. Cuando estos últimos amenazan con el castigo de afuera, el yo desplaza el castigo entre las personas sustitutivas sobre las cuales ha proyectado; cuando son los sentimientos de culpa los determinantes de la proyección, el yo orienta la autocrítica en forma de incriminaciones contra el mundo externo. En ambos casos, aléjase de los sustitutos culpables y se comporta en sus juicios con excesiva intolerancia.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 136.

25 nov 2015

La identificación con el agresor como etapa intermedia en el desarrollo del superyó


«Un yo que, con el auxilio de este mecanismo defensivo [identificación con el agresor], atraviesa esta particular vía del desarrollo, introyecta las autoridades críticas como superyó y puede así proyectar hacia afuera sus impulsos prohibidos. Tal yo será intolerante con el mundo externo antes que severo consigo mismo. Aprende lo condenable, pero mediante este proceso de defensa se escuda contra el displacer de la autocrítica. La indignación contra los culpables del mundo externo sírvele como precursor y sustituto de sus sentimientos de culpa; y automáticamente se acrecienta cuando la percepción de la propia culpa cobra mayor intensidad. Esta etapa intermedia del desarrollo del superyó corresponde a una especie de fase preliminar de la moral. La moral genuina empieza cuando la crítica internalizada e incorporada como exigencia del superyó coincide en el terreno del yo con la percepción de la propia falta. Desde ese momento la severidad del superyó se dirige hacia adentro en lugar de hacerlo hacia afuera, con la consiguiente disminución de la intolerancia con los demás. Pero lograda esta etapa del desarrollo del yo, éste debe soportar un intenso displacer ocasionado por la autocrítica y el sentimiento de culpa.

Es posible que muchos individuos queden detenidos en esta fase intermedia de la formación del superyó y jamás puedan alcanzar del todo la internalización del proceso. A través de la autopercepción de la propia culpa mantiénense, pues, singularmente agresivos contra el mundo externo. En tales casos, el superyó ostenta tanta intransigencia frente al mundo exterior como para con el propio yo en el proceso de la melancolía. Tales inhibiciones en la formación del superyó acaso correspondan asimismo a una iniciación abortada en la formación de estados melancólicos.

Así como, por un lado, la "identificación con el agresor" corresponde a una fase preliminar en el desarrollo del superyó, por otro parece constituir una fase intermedia en el desarrollo de los estados paranoicos. El uso de la identificación establece la afinidad con las primeras y el mecanismo de proyección la relación con el segundo grupo de fenómenos (...).

La esencial combinación de introyección y proyección, a la que hemos designado como identificación con el agresor, pertenece a la vida normal sólo en tanto el yo se sirva de ella en sus conflictos con las autoridades, es decir, en sus esfuerzos por enfrentarse con los objetos de angustia. Esta misma defensa pierde su aspecto inofensivo y toma carácter patológico si se la transfiere a la vida amorosa. Cuando un marido desplaza sobre su mujer sus personales impulsos a la infidelidad y le hace violentas recriminaciones por su falta de lealtad, introyecta los reproches de la esposa y proyecta un elemento del propio ello. Mas su intención no es la de escudarse contra una intervención agresiva del mundo exterior: busca protección contra la ruptura de la fijación libidinal positiva a la compañera, causada por perturbaciones internas. Según esto el resultado es diferente. En lugar de la actitud agresiva contra un antiguo agresor del mundo exterior, un [paciente] de este tipo adquirirá una fijación en su compañera sexual, que toma la forma de celos proyectados.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 131 - 133.

4 nov 2015

La identificación con el agresor antes de que suceda la agresión


«Este mismo proceso de transformación opera de una forma más extraña cuando la angustia no se refiere a un acontecimiento pasado sino a uno futuro. En otro lugar referí el caso de un niño que tenía la costumbre de hacer sonar el timbre de su casa con excesiva fuerza. Cuando se le abría la puerta abrumaba a la sirvienta con numerosos reproches por su tardanza y falta de atención. En el intervalo entre el sonar y el estallido de rabia, experimentaba angustia por las posibles censuras de que podría hacérsele objeto por su desconsiderado modo de anunciarse, y antes de que la mucama tuviera tiempo de presentar sus propias quejas, acusábala sorpresivamente. La vehemencia de su indignación preventiva corresponde a la intensidad de su angustia. Tampoco esgrimía su hostilidad contra cualquier sustituto: apuntaba precisamente contra aquella persona del mundo externo de la cual esperaba la agresión. En este caso, la conversión en agredido llegaba hasta su fin.

En la historia de un niño de cinco años que tuvo en tratamiento, JENNY WAELDER ha relatado un ejemplo instructivo de esta especie. Hacia la época en que el análisis se acercaba al material del onanismo y sus fantasías, el niño, antes tímido e inhibido, cayó en un estado de salvaje agresividad. Desapareció su actitud habitualmente pasiva y todo rastro de sus características femeninas. Imaginando ser un león rugiente durante la sesión, atacaba al analista. Llevaba consigo una vara y jugaba al "Krampus", pegaba a la gente en la escalera, en la propia casa y en la sesión analítica. (...) el niño empezó a jugar con los cuchillos de la cocina (...). El trabajo analítico puso en evidencia que la agresividad del niño no respondía a ninguna desinhibición de sus impulsos agresivos. En rigor, hallábase muy lejos aún de una liberación de sus tendencias masculinas. Sólo tenía angustia. El hecho de tornar consciente aquel material y la necesaria confesión de su (...) actividad sexual despertó en él la espera de castigo. Según su experiencia, los adultos se volvían malos cuando descubrían tales prácticas en los niños.

Krampus: demonio que acompaña a San Nicolás según la tradición vienesa y que castiga a los niños malcriados.

Les gritaban, les intimidaban a bofetadas o les azotaban con una vara y acaso también les cortasen algo con un cuchillo. Cuando el niño asumía el papel activo, y rugía como un león o blandía la vara o el cuchillo, no hacía sino dramatizar, anticipándose al castigo temido. Habíase introyectado la agresión de los adultos ante los cuales se sentía culpable y la reconducía activamente contra las propias personas del mundo exterior. Naturalmente, su agresividad aumentaba conforme se acercaba a la comunicación del material peligroso. Poco después del descubrimiento, discusión e interpretación final de sus pensamientos y sentimientos prohibidos, repentinamente dejó en casa del analista la vara de "Krampus", ya innecesaria, que hasta ese momento había llevado constantemente consigo. La obsesión de pegar desapareció al mismo tiempo que la ansiosa expectativa der ser castigado.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 126 - 128.