Teoría y Técnica

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9 ago 2016

Dos diferencias entre las ideas de Anna Freud y Melanie Klein


Anna Freud pensaba que los niños no hacían neurosis de transferencia con sus terapeutas, dado que esta se tendría que dar con los padres reales. Por eso ella proponía que la función de la relación con el terapeuta era la de reforzar los aspectos positivos del vínculo con los padres, a través de la educación y la orientación. Por el contrario, Melanie Klein sí creía que los niños hacían neurosis de transferencia con sus terapeutas.

Ambas autoras también pensaban diametralmente distinto en cuanto a la estructura psicológica de los niños. Melanie Klein postulaba la existencia de un superyó temprano (desde los dos o tres años), caracterizado por su sadismo. Por tanto, el tratamiento tenía como función, en parte, reducir esa crueldad. Anna Freud, por el contrario, consideraba necesario reforzar al, según ella, débil superyó infantil.

Referencia

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Páginas 100, 101.


Diego Fernández Castillo
Psicólogo – psicoterapeuta
Colegio de Psicólogos del Perú 19495

diego.fernandezc@pucp.edu.pe

22 abr 2016

El fracaso y el éxito del yo


«La existencia de los síntomas neuróticos es ya en sí misma una prueba de que el yo es subyugado. Todo retorno de lo reprimido que conduce a una formación de compromiso significa una falla de la función defensiva, un fracaso del yo. El yo triunfa cuando sus funciones defensivas cumplen su propósito; cuando con su ayuda logra limitar el desenvolvimiento de la angustia y del displacer y asegurar al individuo -inclusive en circunstancias difíciles- alguna satisfacción por medio de las transformaciones instintivas necesarias; por tanto, cuando, en la medida de lo posible, logra establecer una armonía entre el ello, el superyó y las fuerzas del mundo externo.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 193.

20 abr 2016

La combinación del yo y del ello para la producción de los mecanismos de defensa

«En qué medida seguirá el yo en la defensa instintiva sus propias leyes, y en qué magnitud se dejará determinar por el carácter del propio instinto, es un problema que acaso nos será más fácilmente comprensible si lo comparamos con un proceso de naturaleza análoga: la deformación onírica. La transformación de los pensamientos latentes del sueño en sueño manifiesto cúmplese a exigencias de la censura que reemplaza al yo en el sueño. Sin embargo, el trabajo del sueño en sí mismo no es ejecutado por el yo. La capacidad de condensación, desplazamiento, así como el uso de los diversos y extraños medios de representación onírica, son propiedades del ello, que son utilizadas con el simple propósito de la deformación. De la misma manera, los métodos de defensa tampoco son puras producciones del yo. En tanto éstos influyen en el proceso instintivo sírvese también de las propiedades del instinto. El designio del yo de alejar el objeto instintivo de lo verdaderamente sexual a fin de dirigirlo a un objeto socialmente estimado como más valioso puede ejecutarse, por ejemplo, empleando meramente el desplazamiento de los procesos instintivos , o un mecanismo de sublimación. Al asegurar la represión mediante la formación reactiva el yo se vale de la capacidad del instinto para la conversión en lo contrario. Cabe conjeturar que la solidez de un proceso defensivo que cuente con este doble apoyo depende, por un lado, del yo, y por el otro, de la naturaleza del proceso instintivo.»

Freud, Anna (s.f.).
El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 192.

15 abr 2016

Lo común entre la adolescencia y la enfermedad mental

 
«La base de confrontación entre los fenómenos puberales y los iniciales de los accesos psicóticos es -como hemos visto- el efecto de los cambios cuantitativos en la carga instintiva. En ambas actuaciones el incremento de la carga libidinal del ello, de una parte acrecienta el peligro instintivo y, de otra, los esfuerzos del yo orientados a defenderse por todos los medios posibles. En virtud de estos procesos cuantitativos, todo el período de la vida humana en el que se produce un aumento de libido, puede constituirse en el punto de partida de una enfermedad neurótica y psicótica, tal como siempre ha sostenido el psicoanálisis.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 188.

12 abr 2016

La necesidad de asimilación del adolescente



«El aislamiento y el alejamiento de los objetos amorosos sólo constituye una de las tantas tendencias en juego en las relaciones del adolescente con el objeto. En lugar de las fijaciones reprimidas a los objetos infantiles, surgen nuevas fijaciones de amor. A veces, el individuo se enamora de jóvenes de su misma edad, en cuyo caso la relación adquiere la forma de una amistad apasionada o de un total enamoramiento; otras, el afecto apunta a una persona de más edad, que adopta el carácter de guía y la real significación de un sustituto de los objetos parentales abandonados. Estas relaciones amorosas son apasionadas y exclusivas, pero breves. Las personas elegidas como objetos serán luego dejadas de lado y sustituídas por otras, sin consideración alguna. Los objetos abandonados se olvidarán rápida y completamente, pero el tipo de relación mantenida con ellos consérvase hasta en el más mínimo detalle, que generalmente se repite en el nuevo objeto, de una manera obsesivamente fiel.

Aparte de esta extraordinaria deslealtad para con el objeto de amor, en las relaciones objetales durante la pubertad observamos otra particularidad: el adolescente no desea tanto la posesión del objeto en el sentido corporal u ordinario del término. Su fin parece ser la mayor asimilación posible de la persona amada en ese momento.

La observación diaria nos demuestra la capacidad de la transformación del adolescente. En su manera de escribir, de hablar, de peinarse, de vestirse; en toda suerte de hábitos adáptase mucho más fácilmente en esta época que en cualquier otra de su vida. Una simple mirada sobre un adolescente a menudo descubre al amigo mayor admirado por él. Pero su capacidad de transformación va más lejos aún. Su filosofía de la vida, sus ideas religiosas y políticas cambian con el modelo, pese a lo cual muéstrase firme y apasionadamente persuadido de la consistencia de sus opiniones voluntariamente adoptadas.

(...) Son identificaciones de la especie más primitiva, tal como observamos durante las etapas precoces del desarrollo infantil, antes de que exista ningún objeto de amor. Así, la característica inconstancia de la pubertad no significa cambio interior alguno en el amor o en las convicciones del individuo, sino más bien una pérdida de su personalidad condicionada por el cambio en las identificaciones.»

Freud, Anna (s.f.).
El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 183 - 186.

16 feb 2016

El yo adolescente y su relación con los objetos y con el superyó


«Las más notables manifestaciones en la vida de los adolescentes están fundamentalmente vinculadas a sus relaciones con los objetos. En este terreno es donde el conflicto entre las dos tendencias opuestas se hace más transparente. La represión proveniente de la general aversión ante el instinto, toma de ordinario su punto de partida inicial en las fantasías incestuosas del período prepuberal. La desconfianza del yo y su actitud ascética dirígense en especial contra la fijación amorosa a todos los objetos infantiles. Resulta de esto que el adolescente tiende, de un lado, a aislarse, a vivir entre sus familiares como si fueran extraños. Pero no es sólo esta relación con los objetos exteriores de amor lo que suscita la innata oposición del yo a los instintos, también se extiende a la relación con la instancia del superyó. En vista que durante este período el superyó está cargado con la libido derivada de las relaciones con los padres, habrá de considerárselo como un objeto sospechoso e incestuoso y sucumbirá víctima de las consecuencias del ascetismo. El yo se retira también del superyó. El adolescente experimenta esta parcial represión del superyó, este parcial extrañamiento de sus contenidos como uno de sus más grandes trastornos. El principal efecto de la ruptura de la relación entre el yo y el superyó contribuye a aumentar el peligro que amenaza del lado de los instintos. El individuo tórnase antisocial. Antes de que dicha perturbación se hubiera producido, fueron la angustia de conciencia y el sentimiento de culpabilidad provenientes de la relación del yo con el superyó, los mejores medios del primero en su combate contra los instintos. En las etapas iniciales de la pubertad a menudo puede observarse un evidente ensayo de sobrecarga transitoria de todos los contenidos del superyó. Quizá el llamado "idealismo" de los adolescentes se aclara por este proceso.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 182 - 183.

7 feb 2016

Esfuerzos defensivos equivalentes a las fuerzas instintivas en la pubertad y en la adolescencia

 
«(...) el aumento de las exigencias instintivas produce en el individuo como efecto indirecto la intensificación de los esfuerzos defensivos que persiguen la dominación de sus instintos. Las tendencias generales del yo -apenas notables en las épocas apacibles de la vida instintiva- revélanse entonces con nitidez, y sus mecanismos, tan visibles durante el período de latencia o de la vida adulta, pueden exagerarse hasta el grado de promover una deformación morbosa del carácter.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 168 - 169.

5 ene 2016

El yo y el ello en la interfase entre latencia y pubertad


«(...) en el intervalo entre la latencia y la pubertad (...) prepárase la madurez sexual física. Hasta este momento no se ha producido en la vida instintiva ningún cambio cualitativo; únicamente se ha operado un aumento de la cantidad de energía instintiva. Este acrecentamiento no se confina a la vida sexual. El ello dispone de una mayor cantidad de libido que emplea sin discriminación con cualquier impulso a su alcance. Los impulsos agresivos suelen intensificarse hasta la crueldad sin freno; el hambre llega a ser voracidad y la maldad del período de latencia transfórmase en conducta criminal. Los intereses oral - anales, durante tanto tiempo sumergidos, retornan a la superficie. Los hábitos de limpieza, laboriosamente instalados en el período de latencia, ceden al placer de la suciedad y del desorden, y en el lugar del pudor y de la compasión, aparecen las tendencias exhibicionistas y la brutalidad y crueldad con los animales. Las formaciones reactivas, que parecían firmemente establecidas en la estructura del yo, amenazan derrumbarse. Al mismo tiempo, antiguas tendencias ya abandonadas reaparecen en la conciencia. Los deseos edipianos cúmplense bajo la forma de fantasías poco deformadas y ensueños diurnos (...). En rigor, en las fuerzas invasoras hay muy pocos elementos nuevos. La embestida no hace sino traer una vez más a la superficie el contenido ya familiar de la temprana sexualidad.

Mas la sexualidad infantil así renovada no encuentra ahora las condiciones anteriores. El yo del período infantil precoz no estaba desarrollado, era indeterminado e impresionable y plástico bajo la influencia del ello. Por el contrario, en el período prepuberal muéstrase rígido y firmemente consolidado. Ya se conoce a sí mismo y sabe qué desea. A fin de conseguir la gratificación instintiva, el yo infantil era capaz de súbita rebelión contra el mundo exterior y de aliarse con el ello; pero si el yo del adolescente lo hace, se crea intrincados conflictos con el superyó. Establece de una parte firmes relaciones con el ello y con el superyó de la otra -que es lo que denominamos carácter, lo cual torna inflexible al yo. Sólo persigue un propósito: mantener el carácter desarrollado durante el período de latencia; restaurar la antigua relación entre sus propias fuerzas y las del ello y oponerse con esfuerzos redoblados de defensa a la mayor necesidad de demandas instintivas. En su lucha por preservar su propia existencia inmutable, el yo hallábase por igual impelido por la angustia real u objetiva y por la angustia de conciencia. Emplea indistintamente todos los métodos de defensa, inclusive aquellos a los que nunca recurrió en la infancia ni durante el período de latencia. Reprime, desplaza, niega e invierte los instintos y los vuelve contra sí mismo; produce fobias y síntomas histéricos y reduce la angustia mediante el pensamiento y la conducta obsesivos.

Examinada a fondo esta lucha entre el yo y el ello por la supremacía, se observa que casi todos los fenómenos inquietantes del período prepuberal corresponden a diferentes fases de su evolución. El aumento en la actividad de la fantasía, la satisfacción sexual progenital (sic) -o sea, perversa-, la conducta agresiva y criminal, significan éxitos parciales del ello, al paso que la aparición de las diversas formas de angustia, el desarrollo de rasgos ascéticos, la acentuación de síntomas neuróticos y de inhibición, son la consecuencia de una defensa mucho más vigorosa, es decir, el éxito parcial del yo. Al alcanzarse la madurez sexual corporal y entrar en la pubertad propiamente dicha, sobrevienen los cambios cualitativos de carácter que se combinan con los de índole cuantitativa. Hasta aquí la intensificación de las cargas instintivas era de una naturaleza general indiferenciada. A partir de este momento prodúcese un cambio (...) en la (sic) que los impulsos genitales adquieren las más poderosas cargas. En la esfera psíquica esto significa que la carga de libido es retirada de los impulsos pregenitales y concentrada sobre la genitalidad, y que aparecen representaciones y fines objetivos. La genitalidad reúne mayor importancia psíquica, al paso que las tendencias pregenitales quedan relegadas al segundo plano. Primer resultado de este cambio es una aparente mejoría de la situación.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 160 - 163.

2 ene 2016

Una forma menos notoria de proyección: la renuncia altruista

 
«(...) el mecanismo de proyección no sólo produce perturbaciones en las relaciones humanas, proyectando celos y transfiriendo hacia afuera las propias agresiones: sirve también al establecimiento de importantes lazos positivos (...). A este tipo (...) menos notorio de proyección podría designárselo "renuncia altruista" de los propios impulsos instintivos en favor de los otros.

(...) este proceso defensivo tiene doble filo. No solamente asegura la benevolencia del sujeto hacia la satisfacción del prójimo, permitiendo así la autosatisfacción instintiva por vía indirecta a pesar de la prohibición del superyó, sino que, simultáneamente, libera la actividad inhibida y la agresividad que debían garantizar los deseos primitivos (...). El representante más popular de este tipo es el del bienhechor público, que con toda agresividad, activamente exige a un grupo de gente una entrega de dinero para regalárselo a otro. Quizá el ejemplo más extremo lo dé el ácrata que en nombre del oprimido ejecuta un asesinato en la persona del opresor. El objeto contra el cual se dirige la agresión liberada es, siempre, el representante de aquella autoridad que en la época infantil impuso la renuncia instintiva.

El objeto en favor del cual se renunciará al propio impulso puede ser escogido con arreglo a varios factores. Es posible que la percepción del impulso instintivo condenado en el mundo exterior sirva al yo como punto de apoyo suficiente para la proyección. (...) En la generalidad de los casos escógese como persona sustitutiva a un antiguo objeto de envidia.

(...) Es sabido que tal desistimiento (...) encuéntrase en las relaciones paterno-filiales. A través del niño -como el objeto más apropiado- los progenitores acaso deseen cumplir aquellos designios ambiciosos que no les fue dable cumplir en su propia existencia. Quizá también la relación materno-filial puramente altruista se halle determinada en forma amplia por un renunciamiento de los propios deseos en favor del objeto "mejor calificado" (...).

El estudio más hermoso y pormenorizado de un renunciamiento altruista en beneficio de un objeto más apropiado encuéntrase en el drama de Edmon Rostand, Cyrano de Bergerac

 
Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 136 - 144.

6 dic 2015

La proyección

Ilustración: Calendario

«La proyección también guarda similitud con la represión en que no se halla asociada con una particular situación de ansiedad, sino que puede motivarse por igual tanto en la angustia objetiva cuanto en la angustia ante el superyó y a la angustia instintiva. Los autores de la escuela psicoanalítica inglesa sostienen que ya en los primeros meses de vida el niño proyecta sus iniciales impulsos agresivos antes de realizar la menor represión, y que este proceso posee decisiva importancia para la representación infantil del mundo externo y para el curso del desarrollo de su personalidad.

En todo caso, el empleo de la proyección es inherente al yo del niño pequeño en la más temprana infancia. Lo utiliza para repudiar sus propios deseos y actividades que devienen peligrosos, lo cual permítele encontrar un autor responsable en el mundo exterior. Un "niño extraño", un animal, los mismos objetos inanimados, todo indistintamente, sírvele para deponer sus propias faltas. De esta manera, entregándolos liberalmente a su ambiente, el yo infantil se alivia en forma constante y normal de sus impulsos y deseos prohibidos. Cuando estos últimos amenazan con el castigo de afuera, el yo desplaza el castigo entre las personas sustitutivas sobre las cuales ha proyectado; cuando son los sentimientos de culpa los determinantes de la proyección, el yo orienta la autocrítica en forma de incriminaciones contra el mundo externo. En ambos casos, aléjase de los sustitutos culpables y se comporta en sus juicios con excesiva intolerancia.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 136.

25 nov 2015

La identificación con el agresor como etapa intermedia en el desarrollo del superyó


«Un yo que, con el auxilio de este mecanismo defensivo [identificación con el agresor], atraviesa esta particular vía del desarrollo, introyecta las autoridades críticas como superyó y puede así proyectar hacia afuera sus impulsos prohibidos. Tal yo será intolerante con el mundo externo antes que severo consigo mismo. Aprende lo condenable, pero mediante este proceso de defensa se escuda contra el displacer de la autocrítica. La indignación contra los culpables del mundo externo sírvele como precursor y sustituto de sus sentimientos de culpa; y automáticamente se acrecienta cuando la percepción de la propia culpa cobra mayor intensidad. Esta etapa intermedia del desarrollo del superyó corresponde a una especie de fase preliminar de la moral. La moral genuina empieza cuando la crítica internalizada e incorporada como exigencia del superyó coincide en el terreno del yo con la percepción de la propia falta. Desde ese momento la severidad del superyó se dirige hacia adentro en lugar de hacerlo hacia afuera, con la consiguiente disminución de la intolerancia con los demás. Pero lograda esta etapa del desarrollo del yo, éste debe soportar un intenso displacer ocasionado por la autocrítica y el sentimiento de culpa.

Es posible que muchos individuos queden detenidos en esta fase intermedia de la formación del superyó y jamás puedan alcanzar del todo la internalización del proceso. A través de la autopercepción de la propia culpa mantiénense, pues, singularmente agresivos contra el mundo externo. En tales casos, el superyó ostenta tanta intransigencia frente al mundo exterior como para con el propio yo en el proceso de la melancolía. Tales inhibiciones en la formación del superyó acaso correspondan asimismo a una iniciación abortada en la formación de estados melancólicos.

Así como, por un lado, la "identificación con el agresor" corresponde a una fase preliminar en el desarrollo del superyó, por otro parece constituir una fase intermedia en el desarrollo de los estados paranoicos. El uso de la identificación establece la afinidad con las primeras y el mecanismo de proyección la relación con el segundo grupo de fenómenos (...).

La esencial combinación de introyección y proyección, a la que hemos designado como identificación con el agresor, pertenece a la vida normal sólo en tanto el yo se sirva de ella en sus conflictos con las autoridades, es decir, en sus esfuerzos por enfrentarse con los objetos de angustia. Esta misma defensa pierde su aspecto inofensivo y toma carácter patológico si se la transfiere a la vida amorosa. Cuando un marido desplaza sobre su mujer sus personales impulsos a la infidelidad y le hace violentas recriminaciones por su falta de lealtad, introyecta los reproches de la esposa y proyecta un elemento del propio ello. Mas su intención no es la de escudarse contra una intervención agresiva del mundo exterior: busca protección contra la ruptura de la fijación libidinal positiva a la compañera, causada por perturbaciones internas. Según esto el resultado es diferente. En lugar de la actitud agresiva contra un antiguo agresor del mundo exterior, un [paciente] de este tipo adquirirá una fijación en su compañera sexual, que toma la forma de celos proyectados.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 131 - 133.

4 nov 2015

La identificación con el agresor antes de que suceda la agresión


«Este mismo proceso de transformación opera de una forma más extraña cuando la angustia no se refiere a un acontecimiento pasado sino a uno futuro. En otro lugar referí el caso de un niño que tenía la costumbre de hacer sonar el timbre de su casa con excesiva fuerza. Cuando se le abría la puerta abrumaba a la sirvienta con numerosos reproches por su tardanza y falta de atención. En el intervalo entre el sonar y el estallido de rabia, experimentaba angustia por las posibles censuras de que podría hacérsele objeto por su desconsiderado modo de anunciarse, y antes de que la mucama tuviera tiempo de presentar sus propias quejas, acusábala sorpresivamente. La vehemencia de su indignación preventiva corresponde a la intensidad de su angustia. Tampoco esgrimía su hostilidad contra cualquier sustituto: apuntaba precisamente contra aquella persona del mundo externo de la cual esperaba la agresión. En este caso, la conversión en agredido llegaba hasta su fin.

En la historia de un niño de cinco años que tuvo en tratamiento, JENNY WAELDER ha relatado un ejemplo instructivo de esta especie. Hacia la época en que el análisis se acercaba al material del onanismo y sus fantasías, el niño, antes tímido e inhibido, cayó en un estado de salvaje agresividad. Desapareció su actitud habitualmente pasiva y todo rastro de sus características femeninas. Imaginando ser un león rugiente durante la sesión, atacaba al analista. Llevaba consigo una vara y jugaba al "Krampus", pegaba a la gente en la escalera, en la propia casa y en la sesión analítica. (...) el niño empezó a jugar con los cuchillos de la cocina (...). El trabajo analítico puso en evidencia que la agresividad del niño no respondía a ninguna desinhibición de sus impulsos agresivos. En rigor, hallábase muy lejos aún de una liberación de sus tendencias masculinas. Sólo tenía angustia. El hecho de tornar consciente aquel material y la necesaria confesión de su (...) actividad sexual despertó en él la espera de castigo. Según su experiencia, los adultos se volvían malos cuando descubrían tales prácticas en los niños.

Krampus: demonio que acompaña a San Nicolás según la tradición vienesa y que castiga a los niños malcriados.

Les gritaban, les intimidaban a bofetadas o les azotaban con una vara y acaso también les cortasen algo con un cuchillo. Cuando el niño asumía el papel activo, y rugía como un león o blandía la vara o el cuchillo, no hacía sino dramatizar, anticipándose al castigo temido. Habíase introyectado la agresión de los adultos ante los cuales se sentía culpable y la reconducía activamente contra las propias personas del mundo exterior. Naturalmente, su agresividad aumentaba conforme se acercaba a la comunicación del material peligroso. Poco después del descubrimiento, discusión e interpretación final de sus pensamientos y sentimientos prohibidos, repentinamente dejó en casa del analista la vara de "Krampus", ya innecesaria, que hasta ese momento había llevado constantemente consigo. La obsesión de pegar desapareció al mismo tiempo que la ansiosa expectativa der ser castigado.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 126 - 128.

26 oct 2015

La identificación con el agresor


«El descubrimiento de un habitual mecanismo de defensa del yo es relativamente fácil cuando éste lo emplea aisladamente y sólo en un conflicto de algún peligro específico. Así, frente a una negación inferimos que se trata de un peligro externo, y cuando se observa una represión deduciremos que el yo combate contra estímulos instintivos. La alta similitud de aspecto entre la inhibición y la limitación o restricción del yo torna nítida la clasificación entre conflictos externos e internos. Pero el problema complícase aún más cuando se combinan los procesos defensivos o cuando se emplea un mismo mecanismo a la vez contra una fuerza interna y contra una externa. Ambas características se dan plenamente, verbigracia, en el proceso de identificación (...).

(...) El niño introyecta alguna característica de la persona u objeto que le produce angustia, elaborando de esta manera una experiencia angustiosa recientemente ocurrida. El mecanismo de identificación o introyección vincúlase además con un segundo e importante mecanismo. Al ejecutar el papel de agresor, asumiendo sus atributos o imitando sus agresiones, el niño simultáneamente se transforma de persona amenazada en la que amenaza (...).»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 122 - 125.

21 oct 2015

Diferencia entre inhibición y restricción del yo

«(...) la divergencia entre inhibición y restricción del yo estriba en que el proceso defensivo de la inhibición se orienta contra los propios procesos internos y el de la restricción del yo contra los estímulos del mundo externo.

Esta fundamental distinción entre ambos procesos anímicos permítenos inferir ciertas diferencias entre los mismos. En la base de toda actividad neuróticamente inhibida subyace un deseo instintivo. El empeño con que cada impulso aislado del ello busca procurarse el objeto de satisfacción, convierte el proceso de inhibición simple en síntoma neurótico fijado, con lo cual el deseo del ello y la defensa establecida por el yo entran en conflicto permanente. En este combate el individuo agota sus energías, y mientras el ello queda (...) ligado al deseo de ejecutar diversos actos (...), el yo, simultáneamente, y con idéntica persistencia, trata de impedir o por lo menos menoscabar la ejecución de esos deseos.

En el caso de restricción del yo a causa de la angustia objetiva y del displacer, falta esa relación con la actividad abandonada. La actividad misma no ocupa el primer plano sino en virtud del placer o displacer suscitado por ella. En su búsqueda del placer y en sus esfuerzos por evitar el displacer, el yo utiliza libremente todos los recursos a su disposición. Interrumpe o abandona las actividades que conducen a la liberación del displacer o de la angustia y desiste del deseo de realizarlo. Retira su interés de sectores enteros de actividad para, luego de experiencias desagradables, reorientarlo en lo posible en direcciones completamente opustas (sic). Así, de un jugador de fútbol tenemos un escritor, de una bailarina decepcionada, una excelente alumna. Naturalmente, el yo no crea nuevas capacidades; usa las que ya posee.

La restricción del yo como método para evitar el displacer, así como las diversas formas de negación, no pertenecen a la psicología de las neurosis sino al proceso normal del desarrollo del yo. En el yo joven y plástico, la sustracción de actividad de un lado, ocasionalmente compénsase con un sobrerrendimiento concentrado en otra esfera; mas cuando el yo se ha vuelto rígido o intolerante para el displacer y se halla compulsivamente fijado a la técnica de la huída, a tal limitación en la actividad se seguirán, como réplica, funestas consecuencias para el desarrollo del yo. A causa del abandono de una posición tras otra, el yo tórnase unilateral, pierde con exceso interés y se empobrece en sus capacidades.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 114, 115.

14 oct 2015

Los niños neuróticamente inhibidos


«Los educadores (...) nos informan que entre dos grupos habituales de niños, constituído el uno por niños despiertos interesados y aplicados, y el otro por niños intelectualmente torpes, desinteresados y perezosos se forma un grupo intermedio (...), como una entrecapa de niños cuyo tipo a primera vista es difícil clasificar en alguna de las categorías conocidas de escolares con trastornos de aprendizaje. No obstante ser estos niños muy inteligentes, a pesar de su buen desarrollo y de apreciarlos sus condiscípulos como buenos compañeros, no es posible inducirlos a participar en un ejercicio regular de juego o de trabajo. Condúcense como si estuvieran intimidados, aunque la técnica escolar evite escrupulosamente toda crítica, reproche o censura. Es que el mero hecho de comprar (sic) sus realizaciones con las de los otros basta para que desvaloricen su propio trabajo. Si fracasan en una tarea o en un juego, reaccionan con una permanente aversión a repetir el esfuerzo. De ahí que se mantengan inactivos, no quieran aceptar ningún puesto u ocupación y se contenten con mirar mientras los otros trabajan. Su pereza y pasividad, que pasean de un lado a otro, tiene secundariamente un efecto antisocial, pues, por aburrimiento, entran en conflictos con los otros niños, absorbidos por el trabajo o el juego.

Es evidente que basados en el contraste entre su buena inteligencia y su escaso rendimiento, hemos de considerar a estos niños como neuróticamente inhibidos (...). (...) el displacer experimentado por los niños, y contra el cual defiéndense al comparar sus realizaciones con las de los otros, es de índole simplemente sustitutiva. La obra ajena más perfecta que el mundo exterior les opone a la propia, constituye una representación -por lo menos así ocurría en mi paciente- de los genitales mayores que los suyos y a los cuales envidiaba. En esta difícil situación que debe afrontar, el niño lucha por eludir la competencia infructuosa con el sustituto actual del rival de la fase edipiana o con el penoso testimonio de la diferencia sexual.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 108, 109.

4 oct 2015

La evitación


«Cuando el niño es algo mayor, adquiere parejamente una libertad de movimiento físico y posibilidades de acción psíquica mucho más grandes, con lo cual su yo se capacita para eludir los estímulos displacientes sin tener que recurrir a una operación psíquica tan complicada como la negación. En lugar de percibir la impresión dolorosa y subsecuentemente anular sus efectos, sustrayendo sus cargas o catexias, el yo usa la libertad de preservarse, esquivando abordar la peligrosa situación externa. El yo puede, pues, huir y así "evitar" la producción de displacer en el verdadero sentido de la palabra. Este mecanismo de elusión del displacer es tan primitivo y natural, y además se halla tan indisolublemente unido al desarrollo normal del yo, que no resulta fácil desprenderlo de sus habituales conexiones y examinarlo en forma aislada, aun cuando el propósito sea su estudio teórico.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 106.

29 sept 2015

La negación en los niños


«Durante varios años el yo infantil retiene la libertad de negar cuanto le produzca displacer en la realidad, conservando intacto su juicio acerca de la misma. Utiliza esta posibilidad de la manera más amplia, a la que no constriñe en forma exclusiva a la esfera de las puras ideas y fantasías; pues no sólo piensa, también actúa. En la dramatización e inversión de las situaciones de la realidad opera con los más diversos objetos del mundo exterior. Naturalmente, la negación de la realidad igualmente constituye una de las tantas motivaciones básicas de los juegos infantiles en general y en particular del juego tan común e infantil al teatro.


(...)

Es curioso observar la disposición de los adultos a aplicar estos mecanismos en sus relaciones con los niños. Gran parte del placer que en general el adulto procura al niño resulta de su cooperación en tales negaciones de la realidad. En la vida diaria suele halagarse al pequeño diciéndole "qué grande eres" y afirmando contra toda evidencia que es fuerte "como el padre", hábil "como la madre", valiente "como un soldado", resistente "como el hermano mayor". Es comprensible que el adulto se sirva de tales transmutaciones de la realidad para consolar al niño. Así sucede cuando a un niño que se ha lastimado se le asegura que la herida "no duele más" o que los platos que le repugnan "tienen rico gusto", y si está afligido porque alguien se ha ido, que "volverá en seguida". Muchos niños inclusive recogen ulteriormente esas fórmulas de consuelo y las aplican de una manera estereotipada a fin de expresar algo doloroso. Por ejemplo, cada vez que la madre desaparecía de la habitación, una niñita de dos años reaccionaba con un mecánico murmullo: "mamá vuelve en seguida". Otro niño (...) cada vez que se le presentaba algún remedio de mal gusto, solía exclamar con una voz lastimosa: "like it, like it", residuo de una expresión que empleaba su niñera para persuadirlo de que las gotas tenían sabor agradable.

(...)

El problema en discusión es el de precisar en qué medida la educación de un niño debe dirigir todo su esfuerzo a partir de su más tierna infancia, induciéndole únicamente en el sentido de la asimilación de la realidad, o hasta dónde es permisible estimular su huída de ella auxiliándole en la elaboración de su mundo de fantasía.


Cuando los adultos aceptan a voluntad que el niño niegue una realidad dolorosa, transformándola ficticiamente en la opuesta, lo hacen respetando en todos los casos ciertas estrictas condiciones. Espérase del niño que conserve la representación de su mundo de fantasía dentro de señalados límites. Así, por ejemplo, un niño que poco antes jugaba al caballo o al elefante, relinchando o resoplando en cuatro patas, debe estar listo para sentarse a la mesa con tranquilidad y observar buenas maneras. El domador de leones debe estar dispuesto a someterse de nuevo a su niñera; el explorador o el pirata debe admitir que se le mande a la cama en el justo momento en que acaso emprendía su más interesante aventura en el mundo de los adultos. La benevolente actitud del adulto frente al mecanismo de negación infantil, cesa en el mismo instante en que la transición de la fantasía a la realidad no se ejecuta con facilidad y oportunidad, (...) en el mismo instante en que la actividad de la fantasía infantil deja de ser un juego para convertirse en automatismo o en obsesión.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 94 - 97.

15 sept 2015

¿De qué se defiende el yo?


El yo se defiende básicamente de los instintos y de los afectos asociados al proceso instintivo. Lo que causa la defensa del yo es:

1) Angustia ante el superyó: la satisfacción del instinto es considerada peligrosa porque se halla prohibida por el superyó. La satisfacción instintiva llevaría a un conflicto entre el yo y el superyó. El conflicto es entre la fuerza instintiva y el superyó.

2) Angustia objetiva: la satisfacción del instinto es considerada peligrosa porque está prohibida por las figuras de autoridad. El conflicto es entre la fuerza instintiva y la realidad externa.

3) Angustia ante la fuerza del instinto: frente a determinada intensidad instintiva, la hostilidad natural del yo frente al instinto aumenta hasta convertirse en angustia. Habría un temor en el yo al sojuzgamiento, a la destrucción o a la inundación del orden yoico por la fuerza del instinto. El conflicto se da entre la fuerza instintiva y el yo.

4) Amenaza para la síntesis del yo: el yo requiere de una armonía o de una regulación de los impulsos opuestos (por ejemplo, pasividad - actividad, homosexualidad - heterosexualidad). El rechazo y admisión de los impulsos dependería de cada caso particular y de la magnitud de las catexias en juego.

Nota sobre las defensas del yo frente a los afectos asociados a las necesidades instintivas

«Doquiera se defienda el yo contra los impulsos instintivos por uno de los motivos precitados, estará obligado a guardarse también de los afectos que acompañan al proceso instintivo. Poco importa la naturaleza de los afectos en cuestión; el afecto puede ser agradable, doloroso o amenazador con respecto al yo, esto es indiferente, pues el yo nunca lo experimentará tal como es. Cuando el afecto se vincula con un proceso instintivo vedado, su destino hállase decidido de antemano: el solo hecho de estar así asociado basta para inducir al yo a adoptar una postura defensiva contra él.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 64 - 71.

8 sept 2015

Resistencias que no provienen exclusivamente del yo

«Junto a las denominadas resistencias del yo, existen las conocidas resistencias de la transferencia, diferentemente constituidas, así como las fuerzas de oposición -tan difíciles de vencer en el análisis-, que tienen sus fuentes en el impulso de repetición. Por consiguiente, no es lícito afirmar que cada resistencia sea el resultado de una medida defensiva del yo.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 40, 41.

25 ago 2015

Métodos del tratamiento psicoanalítico


1) La asociación libre: sustituyó a la hipnosis como recurso de exploración. Se intenta anular la acción del yo a través de la consigna de la asociación libre, sin censura. Esto se suele lograr momentánea o parcialmente.

2) La interpretación de los sueños: extrae material del ello a través del contenido latente y también explora las actividades defensivas del yo, al reconstruir la censura y las transformaciones en el sueño.

3) La interpretación de los símbolos oníricos: sirven para acceder al contenido del ello directamente a través del símbolo, ignorando o saltando los pasos previos en la construcción del mismo.

4) Actos fallidos: irrupciones de contenido del ello cuando la vigilancia del yo decae por alguna razón. "(...) a la manera de un relámpago, iluminan el trozo del inconsciente que la interpretación analítica había tratado de descubrir, acaso durante mucho tiempo".

5) Transferencia

a. Transferencia de impulsos libidinales: sentimientos de amor, odio, celos, angustia, no justificados por la situación real. Se consideran irrupciones del ello originadas en antiguas constelaciones inconscientes (por ejemplo, complejo de Edipo). Ante su señalamiento, el mismo paciente los puede percibir como cuerpos extraños. La interpretación lo libera de esa extrañeza.

b. Transferencia de la defensa: se transfiere directamente la antigua medida defensiva contra el impulso instintivo. En casos extremos, el impulso instintivo ni siquiera llega a ser transferido, sino únicamente su defensa específica. Es causa de la mayoría de dificultades entre analista y paciente. El paciente difícilmente reconoce la interpretación.

c. Actuación en la transferencia: puesta en acto de la transferencia, fuera de la situación analítica, en la vida cotidiana.

6) Análisis de las operaciones defensivas del yo: permite reconstruir el conjunto de trasformaciones sufridas por el instinto.

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 22 - 36.