Teoría y Técnica

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2 sept 2016

El complejo de Edipo según Melanie Klein

 
Diferencias con la concepción freudiana

En primer lugar, Melanie Klein ubica el inicio de esta configuración en los primeros meses de vida del niño. Un segundo aspecto diferencial tiene que ver con el hecho de que Klein considera al complejo de Edipo como el organizador de las pulsiones genitales durante todo el desarrollo infantil, ampliando su duración y la cantidad de fenómenos relacionados.

Primera concepción

Klein describe cómo el bebé desea entrar en el pecho y en el cuerpo de la madre para morder, destruir, ensuciar y/o robar su contenido (fase femenina), generando ansiedades persecutorias como consecuencia. Para calmarlas, el niño buscaría incorporar el pene paterno, un objeto nuevo que podría amortiguar la ansiedad que genera la relación diádica con la madre, además de calmar la frustración oral provocada por esta. De esta manera el niño ingresaría en la tríada edípica.

Con respecto a la escena primaria, las fantasías dependerían del tipo de ansiedad predominante. Por ejemplo, el coito parental sería fantaseado como un intercambio de alimentos si la ansiedad es predominantemente oral, o como actos excretorios si es anal. A todo esto se sumarían deseos agresivos y libidinales, así como cambios entre un Edipo positivo y un Edipo negativo. En el desarrollo normal, el resultado final tendría que llevar a una elección heterosexual sustentada en pulsiones genitales.

Segunda concepción

En 1945 Klein acomoda este concepto al desarrollo de la teoría de las posiciones, de tal manera que ya no serían las frustraciones orales ni los impulsos relacionados con la fase femenina los que desencadenarían el deseo edípico, sino más bien el ingreso a la posición depresiva, en donde los sentimientos de amor hacia los padres impulsan al niño a la búsqueda de nuevos objetos.

En esta concepción, el complejo se resuelve en la medida en que predomina el amor por los padres y el deseo de mantenerlos juntos e indemnes. Esto llevaría a la renuncia del deseo edípico y al control de los impulsos agresivos. A diferencia de la concepción freudiana, el complejo no se resuelve por imposición cultural, ni por la amenaza de castración, ni por la ley, sino por la lucha interna entre los impulsos agresivos y de amor hacia los padres.

Referencia

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Páginas 107 - 109.


Diego Fernández Castillo
Psicólogo – psicoterapeuta
Colegio de Psicólogos del Perú 19495

diego.fernandezc@pucp.edu.pe

31 ago 2016

Desarrollo del superyó según Melanie Klein

Sigmund Freud definió al superyó como una estructura intrapsíquica que se desarrolla al finalizar el complejo de Edipo (hacia los cinco años), y que estaría formada por la internalización de las normas y prohibiciones parentales, especialmente las referidas al deseo sexual del progenitor del sexo opuesto. Es por esto que se considera al superyó como "heredero" del complejo de Edipo.


Ahora bien, la observación de los sentimientos de culpa de niños más pequeños (dos años en adelante) llevó a Melanie Klein a proponer la existencia del superyó desde antes de lo indicado por Freud. Este superyó temprano fue descrito por Klein como excesivamente sádico y cruel, dado que se proyectaban en él los impulsos sádicos del niño.

Posteriormente, Klein adelantaría el desarrollo del superyó al primer año de vida. El superyó se formaría en las primeras identificaciones del niño con el objeto materno, que sería introyectado canibalísticamente. Recordemos que hacia los 6 meses el niño pasa por una fase de sadismo máximo, que coincide con la dentición y el destete.

De esta forma, Klein afirmaba que el superyó no se formaba al final del complejo de Edipo, sino al inicio del mismo. Así, serían las características del superyó las que determinarían el desenlace edípico y no al revés, como pensaba Freud.

En 1935, Klein separa definitivamente el desarrollo del superyó del complejo de Edipo y postula que su origen estaría en el comienzo de la vida del individuo, formado por la introyección de dos objetos opuestos, uno protector y benevolente (objeto parcial idealizado) y otro punitivo (objeto parcial persecutorio).

Esta nueva propuesta está conceptualmente incluida en el contexto de la teoría de las posiciones y, por tanto, su desarrollo e integración va a depender de lo que suceda con la posición depresiva. De esta manera, el objeto parcial idealizado se constituirá en el núcleo de lo que más adelante será el ideal del yo, y este, a su vez, se construye en la posición depresiva.

Referencia

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Páginas 105, 106.


Diego Fernández Castillo
Psicólogo – psicoterapeuta
Colegio de Psicólogos del Perú 19495

diego.fernandezc@pucp.edu.pe

30 ago 2016

Figura combinada de los padres

«El niño fantasea que sus padres están unidos en una forma permanente e inacabable, compartiendo satisfacciones orales, anales y genitales. Los celos y la envidia producen deseos de atacar el cuerpo de la madre con el pene del padre adentro, se forman por proyección imágenes persecutorias que producen gran ansiedad. Klein las descubrió tanto en el juego infantil como en las pesadillas y terrores nocturnos. La fantasía de la madre fálica (mujer con pene) es para ella una versión de esta figura parental combinada.»

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Página 104.

19 ago 2016

Diferencias entre Melanie Klein y Sigmund Freud respecto de la sexualidad femenina


Melanie Klein consideraba que desde muy temprano hay un conocimiento inconsciente acerca de la diferencia de sexos. Por ejemplo, las niñas tienen sensaciones vaginales (no solo clitoridianas) y, tanto las niñas como los niños, poseen fantasías del coito entre los padres, incluyendo la función receptiva y de penetración de la vagina y del pene, respectivamente.

Esta concepción kleiniana es completamente diferente a la de Sigmund Freud, que creía que las niñas y los niños renegaban de la diferencia entre los sexos como una manera de eludir la angustia de castración. Para Klein, en cambio, ya en la fase oral, los niños y niñas, dirigen sus deseos sexuales hacia sus padres (complejo de Edipo temprano).

También Klein se distancia de Freud en cuanto a lo concerniente a la envidia del pene. Para Freud, la niña se ve castrada, siente envidia del pene y se decepciona de su madre por no habérselo dado. Esto hace que ella busque el pene del padre como sustituto, inaugurando así su complejo de Edipo.

En cambio, para Klein, la niña tiene deseos genitales tempranos que la llevan a querer internalizar el pene y recibir los bebés del padre. Esto precede al deseo de poseer el pene. Hay una búsqueda específicamente femenina, de tal forma que la envidia del pene sería secundaria a la ansiedad generada por sus órganos femeninos.

Referencia

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Páginas 100, 101.


Diego Fernández Castillo
Psicólogo – psicoterapeuta
Colegio de Psicólogos del Perú 19495

diego.fernandezc@pucp.edu.pe

17 ago 2016

La fase femenina


«Los impulsos agresivos -pregenitales- se expresan, desde el comienzo de la vida, a través de fantasías inconcientes que están dirigidas hacia el cuerpo de la madre. Este es un primer espacio que puede ser diferenciado en forma primitiva por el bebé y representa para él el mundo externo. El niño tiene deseos de penetrar en dicho cuerpo y atacarlo sádicamente. En la fantasía infantil sus contenidos son destruidos originando la ansiedad más profunda tanto para la niña como para el varón. Klein designa con el nombre de fase femenina esta etapa, por la que atraviesan en su desarrollo todos los bebés. Tanto la ansiedad de castración en el varón como la amenaza de pérdida de amor en la mujer son derivados secundarios de la ansiedad persecutoria proveniente de la fase femenina. Cambia, por lo tanto, la idea de Freud de que el conflicto edípico (tardío) y la ansiedad de castración son el complejo modular de las neurosis. Al suponer Klein que en la fase femenina la curiosidad sexual está mezclada con el sadismo como contenido primario, varía la concepción freudiana de que la curiosidad está movida principalmente por los deseos libidinales y el principio del placer. El niño quisiera penetrar en el cuerpo materno para ver sus contenidos (imagina que hay heces, bebés y penes) y a la vez quiere apropiarse de ellos, robarlos y destruirlos. Estos impulsos están motivados tanto por el deseo de conocer (impulso epistemofílico) como por los celos destructivos, y son al mismo tiempo la expresión directa de pulsiones agresivas hacia la escena primaria parental. Más adelante en el pensamiento kleiniano, estas ideas se fundamentarán en la envidia primaria. La consecuencia de dichas fantasías será, si se proyecta al exterior, una angustia persecutoria intensa como amenaza de destrucción física, emocional y sexual. Proviene también del temor de ser castigado en forma retaliativa por sus impulsos sádicos. El nombre de fase femenina alude a que Klein considera que se produce una identificación con el cuerpo femenino atacado, tanto en la niña como en el varón. Es el primer paso que lleva al desarrollo de un complejo de Edipo directo e invertido en ambos sexos. La mayor o menor ansiedad persecutoria de esta etapa define que el desarrollo posterior sea normal o patológico.»

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Páginas 102, 103.

16 ago 2016

Las fases libidinales según Melanie Klein y su reemplazo por el concepto de posición

«Melanie Klein, interesada en estudiar los períodos preedípicos del desarrollo mental, cambia bien pronto el concepto de fases libidinales al afirmar que en los niños pequeños observa una mezcla de pulsiones orales, anales y genitales que se superponen desde las primeras relaciones de objeto. Se aleja así de la idea de fase libidinal como unidad de desarrollo en un sentido cronológico y la reemplaza tiempo después por la idea de posición como un concepto más dinámico y menos aferrado a la biología.»

Bleichmar, Norberto y Leiberman, Celia (1997). El psicoanálisis después de Freud. México D.F., México: Paidos. Página 102.

20 abr 2016

La combinación del yo y del ello para la producción de los mecanismos de defensa

«En qué medida seguirá el yo en la defensa instintiva sus propias leyes, y en qué magnitud se dejará determinar por el carácter del propio instinto, es un problema que acaso nos será más fácilmente comprensible si lo comparamos con un proceso de naturaleza análoga: la deformación onírica. La transformación de los pensamientos latentes del sueño en sueño manifiesto cúmplese a exigencias de la censura que reemplaza al yo en el sueño. Sin embargo, el trabajo del sueño en sí mismo no es ejecutado por el yo. La capacidad de condensación, desplazamiento, así como el uso de los diversos y extraños medios de representación onírica, son propiedades del ello, que son utilizadas con el simple propósito de la deformación. De la misma manera, los métodos de defensa tampoco son puras producciones del yo. En tanto éstos influyen en el proceso instintivo sírvese también de las propiedades del instinto. El designio del yo de alejar el objeto instintivo de lo verdaderamente sexual a fin de dirigirlo a un objeto socialmente estimado como más valioso puede ejecutarse, por ejemplo, empleando meramente el desplazamiento de los procesos instintivos , o un mecanismo de sublimación. Al asegurar la represión mediante la formación reactiva el yo se vale de la capacidad del instinto para la conversión en lo contrario. Cabe conjeturar que la solidez de un proceso defensivo que cuente con este doble apoyo depende, por un lado, del yo, y por el otro, de la naturaleza del proceso instintivo.»

Freud, Anna (s.f.).
El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 192.

15 abr 2016

Lo común entre la adolescencia y la enfermedad mental

 
«La base de confrontación entre los fenómenos puberales y los iniciales de los accesos psicóticos es -como hemos visto- el efecto de los cambios cuantitativos en la carga instintiva. En ambas actuaciones el incremento de la carga libidinal del ello, de una parte acrecienta el peligro instintivo y, de otra, los esfuerzos del yo orientados a defenderse por todos los medios posibles. En virtud de estos procesos cuantitativos, todo el período de la vida humana en el que se produce un aumento de libido, puede constituirse en el punto de partida de una enfermedad neurótica y psicótica, tal como siempre ha sostenido el psicoanálisis.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Página 188.

16 feb 2016

El yo adolescente y su relación con los objetos y con el superyó


«Las más notables manifestaciones en la vida de los adolescentes están fundamentalmente vinculadas a sus relaciones con los objetos. En este terreno es donde el conflicto entre las dos tendencias opuestas se hace más transparente. La represión proveniente de la general aversión ante el instinto, toma de ordinario su punto de partida inicial en las fantasías incestuosas del período prepuberal. La desconfianza del yo y su actitud ascética dirígense en especial contra la fijación amorosa a todos los objetos infantiles. Resulta de esto que el adolescente tiende, de un lado, a aislarse, a vivir entre sus familiares como si fueran extraños. Pero no es sólo esta relación con los objetos exteriores de amor lo que suscita la innata oposición del yo a los instintos, también se extiende a la relación con la instancia del superyó. En vista que durante este período el superyó está cargado con la libido derivada de las relaciones con los padres, habrá de considerárselo como un objeto sospechoso e incestuoso y sucumbirá víctima de las consecuencias del ascetismo. El yo se retira también del superyó. El adolescente experimenta esta parcial represión del superyó, este parcial extrañamiento de sus contenidos como uno de sus más grandes trastornos. El principal efecto de la ruptura de la relación entre el yo y el superyó contribuye a aumentar el peligro que amenaza del lado de los instintos. El individuo tórnase antisocial. Antes de que dicha perturbación se hubiera producido, fueron la angustia de conciencia y el sentimiento de culpabilidad provenientes de la relación del yo con el superyó, los mejores medios del primero en su combate contra los instintos. En las etapas iniciales de la pubertad a menudo puede observarse un evidente ensayo de sobrecarga transitoria de todos los contenidos del superyó. Quizá el llamado "idealismo" de los adolescentes se aclara por este proceso.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 182 - 183.

5 ene 2016

El yo y el ello en la interfase entre latencia y pubertad


«(...) en el intervalo entre la latencia y la pubertad (...) prepárase la madurez sexual física. Hasta este momento no se ha producido en la vida instintiva ningún cambio cualitativo; únicamente se ha operado un aumento de la cantidad de energía instintiva. Este acrecentamiento no se confina a la vida sexual. El ello dispone de una mayor cantidad de libido que emplea sin discriminación con cualquier impulso a su alcance. Los impulsos agresivos suelen intensificarse hasta la crueldad sin freno; el hambre llega a ser voracidad y la maldad del período de latencia transfórmase en conducta criminal. Los intereses oral - anales, durante tanto tiempo sumergidos, retornan a la superficie. Los hábitos de limpieza, laboriosamente instalados en el período de latencia, ceden al placer de la suciedad y del desorden, y en el lugar del pudor y de la compasión, aparecen las tendencias exhibicionistas y la brutalidad y crueldad con los animales. Las formaciones reactivas, que parecían firmemente establecidas en la estructura del yo, amenazan derrumbarse. Al mismo tiempo, antiguas tendencias ya abandonadas reaparecen en la conciencia. Los deseos edipianos cúmplense bajo la forma de fantasías poco deformadas y ensueños diurnos (...). En rigor, en las fuerzas invasoras hay muy pocos elementos nuevos. La embestida no hace sino traer una vez más a la superficie el contenido ya familiar de la temprana sexualidad.

Mas la sexualidad infantil así renovada no encuentra ahora las condiciones anteriores. El yo del período infantil precoz no estaba desarrollado, era indeterminado e impresionable y plástico bajo la influencia del ello. Por el contrario, en el período prepuberal muéstrase rígido y firmemente consolidado. Ya se conoce a sí mismo y sabe qué desea. A fin de conseguir la gratificación instintiva, el yo infantil era capaz de súbita rebelión contra el mundo exterior y de aliarse con el ello; pero si el yo del adolescente lo hace, se crea intrincados conflictos con el superyó. Establece de una parte firmes relaciones con el ello y con el superyó de la otra -que es lo que denominamos carácter, lo cual torna inflexible al yo. Sólo persigue un propósito: mantener el carácter desarrollado durante el período de latencia; restaurar la antigua relación entre sus propias fuerzas y las del ello y oponerse con esfuerzos redoblados de defensa a la mayor necesidad de demandas instintivas. En su lucha por preservar su propia existencia inmutable, el yo hallábase por igual impelido por la angustia real u objetiva y por la angustia de conciencia. Emplea indistintamente todos los métodos de defensa, inclusive aquellos a los que nunca recurrió en la infancia ni durante el período de latencia. Reprime, desplaza, niega e invierte los instintos y los vuelve contra sí mismo; produce fobias y síntomas histéricos y reduce la angustia mediante el pensamiento y la conducta obsesivos.

Examinada a fondo esta lucha entre el yo y el ello por la supremacía, se observa que casi todos los fenómenos inquietantes del período prepuberal corresponden a diferentes fases de su evolución. El aumento en la actividad de la fantasía, la satisfacción sexual progenital (sic) -o sea, perversa-, la conducta agresiva y criminal, significan éxitos parciales del ello, al paso que la aparición de las diversas formas de angustia, el desarrollo de rasgos ascéticos, la acentuación de síntomas neuróticos y de inhibición, son la consecuencia de una defensa mucho más vigorosa, es decir, el éxito parcial del yo. Al alcanzarse la madurez sexual corporal y entrar en la pubertad propiamente dicha, sobrevienen los cambios cualitativos de carácter que se combinan con los de índole cuantitativa. Hasta aquí la intensificación de las cargas instintivas era de una naturaleza general indiferenciada. A partir de este momento prodúcese un cambio (...) en la (sic) que los impulsos genitales adquieren las más poderosas cargas. En la esfera psíquica esto significa que la carga de libido es retirada de los impulsos pregenitales y concentrada sobre la genitalidad, y que aparecen representaciones y fines objetivos. La genitalidad reúne mayor importancia psíquica, al paso que las tendencias pregenitales quedan relegadas al segundo plano. Primer resultado de este cambio es una aparente mejoría de la situación.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 160 - 163.

4 nov 2015

La identificación con el agresor antes de que suceda la agresión


«Este mismo proceso de transformación opera de una forma más extraña cuando la angustia no se refiere a un acontecimiento pasado sino a uno futuro. En otro lugar referí el caso de un niño que tenía la costumbre de hacer sonar el timbre de su casa con excesiva fuerza. Cuando se le abría la puerta abrumaba a la sirvienta con numerosos reproches por su tardanza y falta de atención. En el intervalo entre el sonar y el estallido de rabia, experimentaba angustia por las posibles censuras de que podría hacérsele objeto por su desconsiderado modo de anunciarse, y antes de que la mucama tuviera tiempo de presentar sus propias quejas, acusábala sorpresivamente. La vehemencia de su indignación preventiva corresponde a la intensidad de su angustia. Tampoco esgrimía su hostilidad contra cualquier sustituto: apuntaba precisamente contra aquella persona del mundo externo de la cual esperaba la agresión. En este caso, la conversión en agredido llegaba hasta su fin.

En la historia de un niño de cinco años que tuvo en tratamiento, JENNY WAELDER ha relatado un ejemplo instructivo de esta especie. Hacia la época en que el análisis se acercaba al material del onanismo y sus fantasías, el niño, antes tímido e inhibido, cayó en un estado de salvaje agresividad. Desapareció su actitud habitualmente pasiva y todo rastro de sus características femeninas. Imaginando ser un león rugiente durante la sesión, atacaba al analista. Llevaba consigo una vara y jugaba al "Krampus", pegaba a la gente en la escalera, en la propia casa y en la sesión analítica. (...) el niño empezó a jugar con los cuchillos de la cocina (...). El trabajo analítico puso en evidencia que la agresividad del niño no respondía a ninguna desinhibición de sus impulsos agresivos. En rigor, hallábase muy lejos aún de una liberación de sus tendencias masculinas. Sólo tenía angustia. El hecho de tornar consciente aquel material y la necesaria confesión de su (...) actividad sexual despertó en él la espera de castigo. Según su experiencia, los adultos se volvían malos cuando descubrían tales prácticas en los niños.

Krampus: demonio que acompaña a San Nicolás según la tradición vienesa y que castiga a los niños malcriados.

Les gritaban, les intimidaban a bofetadas o les azotaban con una vara y acaso también les cortasen algo con un cuchillo. Cuando el niño asumía el papel activo, y rugía como un león o blandía la vara o el cuchillo, no hacía sino dramatizar, anticipándose al castigo temido. Habíase introyectado la agresión de los adultos ante los cuales se sentía culpable y la reconducía activamente contra las propias personas del mundo exterior. Naturalmente, su agresividad aumentaba conforme se acercaba a la comunicación del material peligroso. Poco después del descubrimiento, discusión e interpretación final de sus pensamientos y sentimientos prohibidos, repentinamente dejó en casa del analista la vara de "Krampus", ya innecesaria, que hasta ese momento había llevado constantemente consigo. La obsesión de pegar desapareció al mismo tiempo que la ansiosa expectativa der ser castigado.»

Freud, Anna (s.f.). El yo y los mecanismos de defensa. Buenos Aires, Argentina: Editorial Paidós. Páginas 126 - 128.

12 may 2015

Psicoanálisis de los sueños 44: la interpretación de los sueños según Carl Gustav Jung


«Jung es el creador de la escuela de psicoterapia que ha llamado "Psicosíntesis". Emplea una terminología especial para designar las diferentes capas psíquicas: las más superficiales son la máscara o la persona, que es el aspecto consciente y exterior del individuo. La sombra son los elementos negativos, que el individuo rechaza. Detrás de estas capas se hallan fuerzas, con las características del sexo contrario, denominadas ánima en el hombre y ánimus en la mujer, para correlacionarlas con sus aspectos sexuales opuestos. Finalmente, más allá de este inconsciente individual está el inconsciente colectivo, que alberga los arquetipos.


El sueño debe ser examinado siempre bajo un doble aspecto: el de su causalidad (Freud) y el de su finalidad. Con este último objeto hay que preguntarse para qué sirve un sueño y a qué debe conducir, lo que constituye una concepción opuesta a la freudiana, que es etiológica. Así, en un hombre joven, el sueño de comer una manzana, con el simbolismo genital conocido, tiene por finalidad llamar la atención del sujeto sobre el hecho de que en él existen fuerzas morales que no debe olvidar. Al ser tenido en cuenta, el sueño sirve, pues, de regulador psíquico.

Los sueños son de diverso tipo. Unos son compensadores de la situación consciente, en que han nacido. Ellos introducen en la consciencia, merced a un arreglo simbólico, los materiales inconscientes relacionados con aquella situación consciente. Así el sueño de Nabucodonosor, en las profecías de Daniel (IV, 9-16), era un esfuerzo de compensación del delirio de grandezas, que condujo a la locura. Otros sueños son prospectivos, anticipando simbólicamente una actividad consciente venidera. En personas que viven por encima de lo que debieran, existen sueños reductores que disgregan, desprecian y hasta destruyen. Además hay sueños reactivos, como los de las neurosis traumáticas, y sueños proféticos.

El sujeto se despierta del sueño, cuando el sentido de éste ha alcanzado un punto culminante. El sueño, habiendo agotado su tema, pone punto final a su propio desarrollo. Probablemente el despertar es debido al cese súbito de la fascinación ejercida por el sueño; la energía así liberada provoca la vuelta a la consciencia. Jung añade que es conocido que uno se despierta con sobresalto al final de ciertos sueños.

Según la opinión de Jung (...) el psicoanálisis tiene el defecto de buscar en la historia especial del individuo la causa de los símbolos del sueño, ya que relaciona todos estos símbolos con vivencias o tendencias del sujeto. Pretende Jung completar este punto de vista, admitiendo la existencia de un inconsciente colectivo (...) que sería independiente de las experiencias individuales. Aquellas experiencias del inconsciente colectivo adquieren su valor, cuando se las trata, no analíticamente, sino sintéticamente. Así como el psicoanálisis separa los símbolos en sus componentes, Jung afirma que el método sintético los reintegra en una expresión general e inteligible.

Jung coincide con Freud en admitir la existencia de deseos en los sueños (...), pero niega que éstos sean únicamente satisfacciones de deseos. Tampoco cree que el contenido manifiesto del sueño sea algo así como la fachada de un edificio que oculta lo que se halla detrás. Más bien él lo considera como el edificio mismo, aunque sea tan ininteligible como un texto muy antiguo.


Los símbolos, ni aun aquellos que son relativamente fijos, no tienen un contenido fijo, ni tampoco sexual. Por ejemplo, los llamados símbolos fálicos que, según dicen, sólo designarían al miembro viril. (...). En toda la antigüedad el falo ha designado el "maná" creador, "lo extraordinariamente eficaz" (...), la fuerza fecundante y medicinal, expresado también , de un modo equivalente, por el toro, el macho cabrío, el relámpago, la herradura, la danza, la copulación mágica en el campo, la menstruación y por muchas analogías más, como ocurre en el sueño. En el origen de todas estas analogías y por consiguiente también de la sexualidad, existe una imagen arquetipo, de carácter difícil de definir y a la cual parece acercarse más psicológicamente el símbolo primitivo del "maná".


(...)

Un sueño de [una paciente] de Jung demostrará las diferencias entre su interpretación y la psicoanalítica. La [paciente]:

Ve a Jung como a un padre y le admira mucho.

Un psicoanalista hubiese interpretado este sueño como de transferencia. Jung lo hizo también así, pero añadiendo que tal transferencia era del tipo de una relación como la siguiente: hija = padre = Dios Padre. Según Jung, el sueño tiene que ser considerado como un símbolo de la ética de la [paciente], que tendía hacia Dios. Según la interpretación psicoanalítica, "en plano objetivo", Jung, en el sueño, sería un objeto libidinoso; según la interpretación psicosintética, "en plano subjetivo", Jung es una parte del sujeto, a saber, su ética. El amor a Dios es una manifestación del inconsciente colectivo.»

Garma, Ángel (1963). Psicoanálisis de los sueños. Paidós, Buenos Aires. Páginas 181 - 184.

16 jul 2014

Psicoanálisis de los sueños 15: sueños originados por situaciones traumáticas

 
«Según Freud, el sueño es una satisfacción de deseos inconscientes. Ni los sueños de angustia, ni los sueños masoquistas, ni tampoco los que representan un castigo del superyó, se oponen teóricamente a esta concepción psicoanalítica.

Sin embargo, hay un tipo de sueños que parece ser una excepción, (sic) Son los sueños de las neurosis traumáticas. Cuando una persona ha sufrido un shock psíquico intenso - caso relativamente frecuente en épocas de guerra - sus sueños son una reproducción monótona de las sensaciones desagradables experimentadas en el momento del trauma. En tal reproducción de la situación traumática en los sueños no existe deseo alguno que se satisfaga alucinatoriamente.


Hay también otras excepciones. Con gran frecuencia se observa en sueños la presencia de vivencias desagradables olvidadas, que ocurrieron en la infancia del sujeto y que tuvieron un influjo traumático en su evolución psíquica. Si con mucha frecuencia los sueños reproducen dichas vivencias traumáticas infantiles, ello contradice también la teoría de la satisfacción del deseo. Sin embargo, no es del todo así, ya que muchas veces, en tales sueños, la situación traumática infantil aparece modificada en el sentido de la satisfacción del deseo.

No es partidario Freud de la idea de que la excepción confirma la regla. Lo más que se puede admitir - dice - es que la excepción no invalida la regla. Teniendo en cuenta las excepciones anteriores, en las que falla la supuesta función del sueño, Freud ha introducido una pequeña modificación en la teoría psicoanalítica. En vez de decir que el sueño es una satisfacción de deseos, afirma que el sueño es una tentativa de satisfacción de deseos.»

Garma, Ángel (1963). Psicoanálisis de los sueños. Paidós, Buenos Aires. Página 112.

3 mar 2014

Psicoanálisis de los sueños 5: dándole significado a los sueños


«Si el número de símbolos es muy grande, en cambio no lo es el número de ideas que tienen una traducción simbólica en los sueños. Las ideas simbolizadas se refieren sobre todo a la genitalidad, y después al nacimiento, a la muerte, al propio yo y a los parientes más próximos (...).

Emperadores, reyes, jefes militares o políticos, gobernantes, maestros, patrones y, en general, personas dotadas de autoridad, simbolizan a los padres. Condiscípulos, compañeros de trabajo, de asociaciones profesionales o deportivas, en general, personas que realizan una actividad análoga a la del soñante, representan a los hermanos. Estos hermanos aparecen también simbolizados por insectos, (...) gusanos, chinches, pulgas. Casas representan a personas; así, una casa con balcones salientes simboliza a una mujer; casas con muros lisos, a hombres. También paisajes representan, según su configuración, el cuerpo humano, masculino o femenino.

El nacimiento sueñe hallarse simbolizado poniendo al individuo en relación con el agua, ya sea introduciéndole en el agua, o sacándole y salvándole de ahogarse. La muerte, por irse de viaje.

Objetos alargados como el lápiz, el cigarrillo, el bastón, el paraguas, el esquí, los árboles, o bien objetos que poseen la capacidad de horadar o de causar heridas, como el puñal, el cuchillo, el sable, la lanza (...), la aguja, el asta de un toro, el escarbadientes, la lima, las armas de fuego; objetos capaces de penetrar en un agujero, como la llave; objetos que arrojan algo, como la manguera de riego, el grifo de una fuente, el surtidor, el fuelle (...); objetos capaces de elevarse o de aumentar de tamaño, como el globo, el dirigible, el aeroplano, la corneta, simbolizan los órganos genitales masculinos. Otras simbolizaciones de los órganos genitales masculinos son, entre los vestidos, el sombrero, el abrigo y la capa, entre los animales, las aves, los peces, los reptiles y sobre todo la serpiente; entre o órganos humanos, el ojo y el diente; también la cabeza (...), el brazo (...), la mano, el pie; entre los números, el número 3. Los testículos son simbolizados por frutas; a través de similitud de palabras, como cajones (...); el semen por sangre, polvo (...) o algo valioso, como billetes (...).

Objetos capaces de contener algo o de albergar a alguien, como barcos (...), armarios, cofres, arcas, cajones, cajitas, portamonedas, bolsos, carteras, fosas, cavernas, cuevas, minas, pozos o aljibes (...), botellas, vasos, palanganas, estufas, hornos, simbolizan los genitales femeninos. La habitación es un símbolo del vientre femenino (...), aunque puede tener otro significado. Simbolizan también a los genitales femeninos la tierra, la madera, el papel, la mesa, el libro, la flor. Otro símbolo femenino son las frutas. Además, entre lo órganos del cuerpo humano, la boca y la oreja; entre los vestidos, la bota, el zapato y la zapatilla; entre los animales, los caracoles y los mariscos bivalvos; entre los números, el número 2. La vulva y la vagina suelen aparecer simbolizadas mediante una hendidura, un rombo, un óvalo, la entrada de una gruta, una iglesia o una capilla, un portal, una puerta o una ventana. Los pechos, mediante frutas redondeadas, como la manzana, el durazno, mientras que la banana es un símbolo masculino. El monte de Venus, mediante un bosque, un jardín o una baranda (...). El hermano menor o el niño pequeño representan los órganos genitales, tanto masculinos como femeninos. En general, por lo demás, todos los símbolos pueden tener significados tanto masculinos y femeninos.

El volar o subir significa la erección; asimismo, el bajar, relacionado con el hecho de situar "abajo" los órganos genitales (...). La caída, el sufrir un atropello o el dar traspiés simboliza en la mujer la entrega a un hombre. El fuego significa la excitación genital lo mismo que el color rojo (...) y la presencia de animales y hombres salvajes, de seres mitológicos o de personas locas o enfermas. En cuanto al coito, se simboliza mediante movimientos rítmicos como el subir o bajar una escalera o deshollinar una chimenea, bailar, caracolear (...) o andar a caballo; también por comer, fumar, o tocar un instrumento de música. En general, cualquier actividad puede simbolizar la actividad genital: embarcarse (...), ir en auto, recorrer calles, agarrar, entrar, punzar (...), pasear, casarse, ir al teatro, telefonear.»

Garma, Ángel (1963). Psicoanálisis de los sueños. Paidós, Buenos Aires. Páginas 57-59.

Nota: los resaltados son nuestros.

5 feb 2014

Psicoanálisis de los sueños 3

«Es éste el momento de plantear una pregunta que se oye formular con frecuencia. ¿Por qué para los psicoanalistas los sueños tienen siempre un significado de tipo sexual, siendo así que en el hombre existe también otro tipo de deseos?

Los psicoanalistas no buscan deliberadamente un significado sexual a los sueños, sino que la experiencia les ha enseñado que éstos lo poseen. Lo que, por otra parte, no tiene nada de extraño. En efecto, puede decirse que en el adulto casi los únicos deseos reprimidos son de orden sexual. Otro tipo de deseos, como, por ejemplo, los de carácter alimenticio, son perfectamente tolerados, tanto por el yo como por la sociedad. En cambio, la civilización actual tolera solamente cierto tipo de satisfacciones sexuales, obligando a reprimir todas las demás. No es extraño, por lo tanto, que habiendo principalmente deseos sexuales reprimidos, sean también ellos los que aparezcan en los sueños.»

Garma, Ángel (1963). Psicoanálisis de los sueños. Paidós, Buenos Aires. Página 18.